

LES PRÉS D'EUGÉNIE
Landas no es un destino que suene en todas las listas de "próximo viaje", y esa es exactamente la razón por la que fuimos. Nada de agenda apretada, nada de tachar sitios en un mapa. Queríamos algo distinto: un fin de semana lento, madre e hijas, las tres juntas, en un sitio que fuera destino en sí mismo.
Para llegar hasta allí decidimos no ir directas, ya que íbamos conduciendo desde Madrid. Una noche antes, paramos en San Juan de Luz, y esa parada nos dejó con ganas de volver.
Antes de llegar: una noche en San Juan de Luz
A solo cinco horas en coche desde Madrid se cruza la frontera y se aparece en un pueblo de pescadores con más historia de la que cabe en 24 horas. Aquí se casó un rey, Luis XIV, con la Infanta María Teresa de Austria, en 1660, y aquí vivieron después corsarios con permiso real para asaltar barcos enemigos.
Pasamos la tarde caminando por sus calles con muchísimo ambiente, entre terrazas llenas y tiendas preciosas: talleres que llevan un siglo cosiendo cuero a mano en Maison Laffargue y Atelier Manufactoum, espadrilles en Espadrille par Nicole Pariès un calzado que Coco Chanel puso de moda en los años 20, la cerámica vasca de Poterie Goicoechea y algunas cosas de rayas típicas del País Vasco francés en L'Artigue 1910. Parada obligada en Maison Adam para probar el macaron con receta secreta de 1660, la misma que sirvieron en la boda real. Y para cerrar el día, su playa: más de un kilómetro de arena con unos atardeceres que no se olvidan fácilmente.
Cenamos en Denen Kanttua, con una estética muy de bistrot francés y una cocina con producto de mercado que cambia el menú casi a diario dependiendo de lo que encuentren. Si buscas otra opción Petit Grill Basque, casi centenario, con las mismas estanterías de madera y platos vascos de toda la vida es muy recomendable también. Una sola noche fue suficiente para entender por qué tanta gente que solo iba a pasar de paso termina alargando la estancia.
Y a la mañana siguiente, desayunamos pasteles recién hechos en el mercado de Les Halles y compramos algunos productos típicos antes de coger otra vez la carretera, esta vez hacia el verdadero destino del viaje.
Un pueblo convertido en hotel
Les Prés d'Eugénie no se llama así porque sí. El nombre viene de 1974, el año en que Christine, dueña de la finca, se casó con un joven chef llamado Michel Guérard. Él llegó y vio algo que le pareció absurdo: en los balnearios de la época, cuidarte significaba pasar hambre. Decidió que aquí la cosa iba a ser distinta, y terminó inventando la Cuisine Minceur, la alta cocina ligera que cambiaría para siempre la gastronomía francesa.
Desde entonces, Christine y Michel fueron reuniendo, edificio a edificio, lo que antes era el pueblo de Eugénie-les-Bains: un antiguo convento reconvertido en habitaciones, una casa rosa, una granja centenaria que hoy es restaurante. Pasear por la finca es, literalmente, pasear por un pueblo, solo que este pueblo tiene siete jardines distintos que no se repiten uno con otro, y ni un solo rincón sin cuidar. Hoy, son sus hijas quienes llevan el hotel, continuando lo que sus padres empezaron hace cincuenta años.
Comer en Les Prés d'Eugénie
Con toda la lógica del mundo ya que uno de los propietarios era chef, aquí se come increíble. Y "increíble" se queda corto: es cocina francesa al más alto nivel, en cualquiera de sus restaurantes.
Café Mère Poule es la parada de la tarde, para el té de las cinco bajo el retrato de la propia emperatriz Eugenia. Cenamos una noche en La Ferme aux Grives, y la decoración es de lo más bonito que hemos visto en mucho tiempo: te sientes transportada a otra época nada más entrar. La comida está a la altura, y además tiene una relación calidad-precio buenísima.
Otra noche cenamos en L'Orangerie, el comedor que antes ocupaba el restaurante de tres estrellas, reinventado en 2022 y con su propia estrella Michelin desde 2025. Aquí sirven los platos más icónicos que han pasado por el restaurante de tres estrellas a lo largo de su historia, cada uno con la fecha en la que se creó. Es una experiencia que recomendamos no saltarse si vais.
Y a pocos metros está el Restaurant Michel Guérard, tres estrellas Michelin desde 1977, casi cincuenta años sin perder ninguna, hoy en manos del cocinero que el propio Michel formó.
La Ferme Thermale: agua con siglos de historia
El pueblo de Eugénie-les-Bains existe, de hecho, gracias a su manantial: las aguas sulfurosas de la zona se explotaban ya en el siglo XVIII, y en 1861 la Emperatriz Eugenia dio su nombre a la nueva estación termal. Ese mismo manantial es hoy el corazón de La Ferme Thermale, el spa del hotel.
El tratamiento de barro que nos dimos es básicamente un masaje sin manos: el barro, rico en azufre y Kaolin, hace todo el trabajo mientras tú solo te dejas llevar y flotas en él. Sales realmente relajada, de verdad, no es solo la típica frase de spa.
Les Prés d'Eugénie no es para quien busca un hotel de lujo silencioso y solemne. Es para quien quiere sentir que ha entrado en un pueblo de verdad, con historia real detrás de cada puerta, y salir de él completamente renovada.
Nuestro ritmo landés
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JUEVES
San Juan de Luz y llegada. Salida de Madrid por la mañana con parada a comer en Landa (Burgos), y seguir con la idea de aprovechar toda la tarde en San Juan de Luz: paseo, tiendas, puerto al atardecer y cena en un bistrot local.
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VIERNES
Mercado, ruta y check-in. Mercado de Les Halles por la mañana, y de ahí carretera directa hacia Eugénie-les-Bains, a hora y media. Llegada al hotel, paseo por los jardines y descubrimiento con calma de toda la finca.
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SÁBADO
Spa y cena en L'Orangerie. Tratamiento de barro termal en La Ferme Thermale, bicis por la propiedad, piscina y por la noche, cena con estrella Michelin en L'Orangerie.
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DOMINGO
Despedida. Última mañana para pasear sin prisa por los jardines antes de coger la carretera de vuelta, con parada en Zarautz de camino para comer unos pinchos en Arguiñano, frente a la playa: el mejor sitio para estirar las piernas (y mojarse los pies) antes de volver a casa con la sensación de haber encontrado un sitio al que hay que regresar.
Lo que nos llevamos de este viaje no es solo contenido bonito para las redes. Nos llevamos la sensación de haber descubierto un lugar que entiende el lujo de otra manera: no como silencio y distancia, sino como historia real, sabor y cuidado en cada detalle. Un planazo de madre e hijas, en el que no nos aburrimos ni un segundo, y que recomendamos sin dudar, en cualquier época del año.
Y si te quedaste con ganas de ver más...
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