BRACH PARIS HOTEL

París no es un destino que necesite presentación. Hemos ido muchas veces. Conocemos sus calles, sus cafés de siempre, sus museos. Pero en esta ocasión decidimos hacer algo diferente: ir sin un itinerario marcado a fuego, sin carreras, sin listas de imprescindibles. Queríamos simplemente observar. Sentarnos en una terraza y ver pasar a la gente. Callejear sin rumbo por Le Marais. Detenernos en los escaparates que nos llamaran la atención. Vivir París desde dentro, no como turistas, sino casi como locales de visita.
Y para eso necesitábamos la base perfecta. Un lugar que no fuera solo un hotel, sino un punto de encuentro, una extensión de la ciudad misma. Lo encontramos en Brach.

Un members club con habitaciones

La primera vez que cruzas la puerta de Brach entiendes inmediatamente que esto no es un hotel al uso. Hay algo en el ambiente —en la mezcla de voces, en la luz filtrada, en la gente que se mueve entre el lobby, el restaurante y el sports club— que te hace sentir que acabas de llegar a algún sitio muy exclusivo al que por suerte te han invitado.
Es el trabajo del diseñador Philippe Starck, quien firmó cada rincón del hotel con su inconfundible mezcla de referencias. La decoración es un viaje en sí misma: influencias asiáticas y africanasconviven con materiales naturales cálidos —maderas oscuras, mármoles, tejidos de textura rica— y una colección de arte que puebla cada superficie. Cuadros, esculturas, fotografías, objetos curiosos. Parece la casa de alguien con muy buen gusto y muchas historias que contar. Cada pasillo, cada sala tiene algo que mirar.

"No estás en un hotel de lujo vacío y silencioso.
Estás rodeada de gente local con estilo, que come, que ríe, que se toma algo después del gym.
Es esa energía la que lo hace diferente."

El restaurante: comer bien sin esfuerzo

El restaurante de Brach funciona a cualquier hora y cualquier día de la semana, y eso se nota. No hay esa frialdad de los comedores de hotel que solo cobran vida en el desayuno. Aquí hay movimiento constante: gente tomando el café de la mañana con el periódico, almuerzos de trabajo animados, cenas tranquilas a la luz tenue. La carta es una cocina de producto, honesta y bien ejecutada, con ese toque parisino que hace que incluso los platos más sencillos parezcan una decisión de estilo.
Desayunar en Brach —con luz natural entrando desde las ventanas, el café en su punto, los croissants recién hechos— es de esas experiencias que empiezan el día de la mejor manera posible. Y cenar allí un martes por la noche, con el restaurante lleno de parisinos de verdad, es otra cosa completamente diferente e igualmente perfecta.

El Sports Club & Spa: moverse o no moverse, esa es la cuestión

Brach tiene uno de los sports clubs más completos y con más carácter que hemos visto en un hotel. No es un gimnasio funcional escondido en el sótano. Es un espacio con personalidad propia: piscina de largo con clases de aquagym, zona de fitness, y un spa que cuando llegas tras un día entero caminando por París te parece literalmente el mejor lugar del mundo.
Lo que más nos gustó es la mezcla de energía que hay allí. Hay gente que entrena en serio a su ritmo, hay clases con ambiente, hay huéspedes que simplemente se meten en la piscina a flotar un momento. Nadie te mira, nadie te juzga. Y cuando sales, el spa te envuelve en esa calma que solo consiguen los lugares que saben exactamente lo que hacen.

Por qué Brach

Brach no es para quien busca un hotel de lujo tradicional donde el silencio lo sea todo. Es para quien quiere sentirse parte de algo vivo. Para quien viaja sola o en compañía y quiere una base que en sí misma sea una experiencia. Para quien le importa tanto lo que hay fuera como lo que hay dentro.

Nuestro ritmo parisino

Como os decíamos, esta vez quisimos ir despacio. Sin correr de museo en museo. Nuestras 72 horas en París fueron una mezcla de momentos muy concretos y de mucho tiempo libre para dejarnos llevar.
  • LUNES

    El hotel, el Trocadero y una cena de bienvenida.
    El primer día lo vivimos completamente a nuestro ritmo. Disfrutamos de Brach con calma —la habitación, los espacios, ese ambiente que te envuelve— y luego nos acercamos paseando hasta el
    Trocadero para ver la Torre Eiffel. Aunque si nos preguntáis, las mejores vistas no están arriba en la explanada sino justo abajo, desde la
    Avenue de New York: la torre aparece entera, sin multitudes, con el Sena en primer plano. Una perspectiva que muy poca gente conoce y que os recomendamos sin dudar. Para comer, todo un descubrimiento:
    Le Bizetro, un restaurante muy local y sin pretensiones donde darse la bienvenida que París se merece. Caracoles, paté, steak tartar, patatas fritas... exactamente lo que necesitas el primer día para sentirte al cien por cien en la ciudad. Por la tarde, spa en el hotel y cena en el restaurante de Brach con cócteles. Un lunes diez.
  • MARTES

    Monet, los jardines y Saint-Germain
    Empezamos en La Maison d'Isabelle con el croissant de la mañana, y de allí directo al
    Musée de l'Orangerie para quedarnos sin palabras ante los Nymphéas de Monet. Después, uno de los momentos favoritos del viaje: el paseo por los
    Jardines de las Tullerías, sentándonos en sus míticas sillas verdes a observar París. Ese rato de no hacer nada —solo mirar, respirar, sentir la ciudad— fue de lo mejor. Y ya que estábamos allí: esas mismas sillas, esos mismos nenúfares... unos días después
    Jonathan Anderson se sentaría en ese mismo jardín antes de presentar su desfile de Dior, en el que los nenúfares y las ranas tenían mucho protagonismo. Creemos firmemente que algo se ha inspirado en nosotras. (Nos reímos, pero solo un poco.) Por la tarde, la exposición Art Déco de Louis Vuitton y luego a perdernos por
    Saint-Germain: sus calles interminables con terrazas que no acaban, sus tiendas de diseño, su ritmo tranquilo y elegante. Parada obligatoria en el mítico
    Café de Flore, porque hay cosas que no se pueden saltarse. La cena fue en
    Frenchie Bar à Vins: ambiente genuinamente parisino, buenos vinos, ostras frescas y platos pequeños para compartir. El tipo de cena en el que el tiempo pasa sin que te des cuenta.
  • MIÉRCOLES

    Le Marais, Galerie Vivienne y el Canal
    Último día y lo aprovechamos hasta el final. Desayuno ligero en Brach y después taxi hasta
    Du Pain et des Idées, cerca del Canal Saint-Martin, para el que sin duda es uno de los mejores croissants de París —esos con el hojaldre oscuro y crujiente que se deshace—. Paseo por el canal antes de adentrarnos en
    Le Marais: callejear sin mapa, dejarse sorprender por las fachadas, las puertas antiguas, los patios escondidos. Paradas en concept stores como Merci y el Passage de l'Ancre. Comida en
    Chez Janou, reservada y muy esperada: un clásico del barrio con cocina provenzal y una mousse de chocolate que es, sin exageración, algo que recordar. Por la tarde, el paseo tranquilo hasta la
    Galerie Vivienne—una de esas galerías cubiertas del siglo XIX que te hacen querer quedarte a vivir dentro— fue el cierre perfecto antes de coger el taxi al aeropuerto.
Lo que nos llevamos de este viaje no son solo fotos bonitas ni contenido para las redes. Nos llevamos esa sensación de haber mirado de verdad. Los tejidos en los mercadillos, la forma en que se visten las parisinas para hacer la compra, los objetos de las tiendas de diseño, la arquitectura de interior de un bistrot sin pretensiones. Todo eso alimenta lo que hacemos. Todo eso acaba, de alguna manera, en las joyas que diseñamos.
Y por supuesto, viajamos con nuestras piezas desmontables de MyCoolook, joyas pensadas para transformarse a lo largo del día: lo que por la mañana es solo un pendiente, al caer la tarde ya lleva dos o tres elementos más. Como el propio viaje: empieza siendo una cosa y acaba siendo, siempre, mucho más.
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